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Cabrera, Sarandy
En la historia cultural del Uruguay en el siglo XX, la llamada
“Generación del 45”, intervino de manera profunda en la sustancia
literaria y crítica del país. Un grupo de escritores reunido en
torno de la revista “Número”, a partir de 1949, significó una
revisión del pasado remoto e inmediato de la cultura uruguaya y
una propuesta de obras que por las sendas de la narrativa, la
poesía o el ensayo desarrollaron una tarea creadora que seguía los
criterios esgrimidos en el plano crítico.
En ese grupo la figura de Sarandy Cabrera (1923) quizá resulta de
las más emblemáticas y consecuentes. Fundamentalmente poeta desde
“Onfalo” (1947), su primer libro, su versatilidad lo puso en
contacto con |
otras áreas en las cuales despliega rigor y talento.
Ello vale también para las artes gráficas, ya que fue diseñador de
la revista “Número” y de “Removedor”, la publicación del Taller de
Torres García. La traducción de poetas diversos desde Cátulo,
Pietro Aretino a John Donne y los años al frente de la página
literaria de “Marcha” marcan también su concepción de un
periodismo cultural renovador que, por ejemplo, coloca la figura
de Gardel y del tango en una nueva perspectiva, sin descuidar, por
supuesto las figuras y acontecimientos que sucedían en el entorno.
Quizá convenga subrayar que, en una postura equivalente a la de
Bartolomé Hidalgo, que forja el instrumento de la poesía gauchesca,
Cabrera bajo el “alter ego” de Pancho Cabrera, es el primer poeta
culterano de su tiempo que se suma con sus décimas a una postura
política. Ello ocurre a la vez que cantores populares desarrollan,
precisamente, la llamada “canción de protesta”.
Sarandy no ha abdicado de su mordaz capacidad crítica y de una
constante búsqueda que le ha hecho recorrer como poeta y como ser
comprometido con su tiempo, un itinerario que no se satisface con
sus propias convicciones, sometiéndolas siempre a la pasión de la
controversia. Así ha dirimido quizá consigo mismo y su pasado en
el Taller de Torres García, una nueva visión totalmente opuesta a
la adoración clásica del maestro.Su poesía ha seguido también
los más diversos giros. Desde la originalidad entrañable y teñida
por el surrealismo de su lenguaje en los comienzos, hasta la
militancia política descarnada de “Poeta pistola en mano” para
desembocar finalmente en la poesía “libertina” en la que la visión
clásica de Cátulo o la lujuria de Aretino y la sensualidad del
Renacimiento italiano confluyen.
Los ochenta años de edad, encuentran al poeta en viva batalla con
el mundo de hoy. Se le ve vibrante de indignación y dando el mismo
combate por las razones de la condición humana, donde sea.
Para un adolescente que lo conoció en sus primeros poemas, es
inexcusable confesar que Sarandy fue una sabia influencia, arisca
y avasallante, que a veces desde un humor ácido, burlándose de
Nuñez de Arce en paródicos recitados o poniendo sobre la mesa los
poemas de Antonio Machado o Pessoa, era capaz de sacudir y
desencadenar en su joven interlocutor de entonces, un interés y un
rigor por el arte, que habla de su capacidad fermental.
En este esbozo no puede quedar silenciado el editor que desde
Suecia dio curso a numerosos libros que seguían sus pasos en
predilecciones y rechazos. Tampoco el personaje humano, arbitrario
muchas veces, convencido siempre y siempre, como hoy dispuesto, a
repensar y volver a colar la misma onda fugitiva que nos lleva
para que no todo sea corriente fugitiva.
Sarandy representa un Uruguay que está pasando o ya pasó, no
sólo porque él mismo es uno de sus pocos sobrevivientes, sino
porque el mundo mismo no ha detenido su errático curso que no se
entiende hacia donde va. Si es que va.
Nadie que haya tenido la fortuna de compartir con él esos tiempos
y su incomparable humor verbal, que se encendía en inesperados
juegos de sílabas, puede esquivar el impulso que se llama homenaje.
Hugo García Robles |