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Ediciones TAURO s.r.l.
Colección "El Baldío", volumen No. 15
Papatipo de carátula: Líber Delucía
Impreso en IMCO s.r.l. - marzo 1970 (primera edición)
Segunda edición:
Tercera edición: Editorial Schapire, Bs. As. |
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REVOLUCION Y LITERATURA POR SU ORDEN
El orden de este título no es ligero capricho sino elección
valorativa. Hay una relación natural en los hechos del mundo y la
cultura, que los maestros del pensar social económico y político han
explicitado con la conocida división de base y superestructura. Me
atajo al fácil reproche y aclaro que entre una y otra no veo una
helada relación causal sino una dependencia biunívoca y dialéctica.
Las artes no serían el producto ciego y mecánico de los procesos de
las transformaciones sociales -cosa que han señalado también los
maestros, si no hasta el cansancio por lo menos con asidua
frecuencia- pero eso sí, las artes no proceden de una nada
intemporal e impoluta.
¿De dónde viene la literatura? podríamos preguntarnos parafraseando
al maestro chino que se preguntaba en su ensayo bueno dos veces; ¿De
dónde provienen las ideas correctas? El lector que ya conoce la
respuesta -la práctica social- no se hará violencia en asignar igual
origen a toda literatura. Con lo que, lógicamente, en una sociedad
dividida en clases, esa práctica se inscribe en la dicotomía de la
contradicción y rueda naturalmente por las vertientes que ella
determina. En otras palabras: la literatura expresa uno u otro polo
de la contradicción, aún en el caso hipotético de que parezca
expresar la contradicción misma. Expresa de una manera directa y
frontal, o elusiva, compleja y contradictoria una posición del
artista ante un mundo en devenir. Antes hombre que poeta, decía
Cesare Pavese con lo que expresaba de otra manera una elección en la
candente disyuntiva. Es difícil que encontremos la posición opuesta
expresada sintéticamente y con tanta frontalidad. Pero tal posición
existe en la práctica de la literatura, que es también, una práctica
social. En estos días de nuestro continente, conócese toda una
literatura montada sobre tales presupuestos con deslumbradora
brillantez técnica e indisputable talento. Cortázar, como ejemplo.
No es mi propósito terciar en la amistosa polémica habida entre
Cortázar y Collazos, sino tomar pie en algunas de las afirmaciones
del primero para tratar de descifrar su efectiva colocación ante el
problema de las relaciones entre el escritor, la literatura y la
revolución, en cuanto este novelista ejemplifica una concepción
implícita en él y en otros de sus colegas de la hora. Naturalmente
quedan de lado otros aspectos no menos polemizables de las
afirmaclones del porteño sobre los cuales seguramente se debatirá en
tiempos que vienen.
Julio Cortázar, en su ensayo "Literatura en la Revolución y
Revolución en la Literatura" publicado en "Marcha" (Nos. 1477-78) se
sorprende ante la declarada unidad de escritor y revolucionario de
Oscar Collazos a tiempo que sostiene que a él mismo -a Cortázar- las
cosas no le "suceden con tanta facilidad". En el caso de Collazos,
dice Cortázar, "lo más que puedo hacer es admitir y admirar esa
armonía de su personalidad, el hecho de que en él no se dé ningún
divorcio, ningún desajuste esencial, y que sus obras deriven de su
pluma como el resto de sus actos deriva de su persona; en cuanto a
mí... las cosas no me suceden con tanta facilidad aunque de ninguna
manera creo que eso me ponga, como cuentista o novelista en
contradicción con mis responsabilidades para con la tarea
revolucionaria." Pocas veces en tan pocas líneas se ha expresado con
tanta precisión y nitidez la concepción de algunos escritores
latinoamericanos de actual notoriedad editorial ante la ineludible
disyuntiva revolucionaria y sus consiguientes obligaciones.
Según él mismo lo dice, a Cortázar en su literatura, le ocurren
cosas, le suceden cosas como si él mismo fuera un ente intemporal,
un ser metafísicamente definido como la esencia Cortázar; sin la
conciencia de que, dialécticamente, el escritor a la vez que es,
también es el escritor que quiere ser; o mejor dicho, el hombre que
es y el hombre que quiere ser, el cual también practica la
elaboración del subproducto que conocemos con el nombre de
literatura.
A lo que parece, tanto a Cortázar como a otros escritores
latinoamericanos no menos celebrados por ciertas clases sociales, le
ocurre que aún negándolo, postulan su intangible perfección
metafísica. El mundo debe cambiar revolucionariamente sostienen en
artículos o reportajes, pero no su propio ser individual, su propia
manera, afirman implícitamente, con "vieja concepción de los
privilegios de la intelligentsia". Todo debe ser modificado, todo
debe ser aventado, revolucionado, corregido, estremecido, incluída
la literatura, para lo cual "aporto -dicen- mis responsabilidades
para la tarea revolucionaria", con la sola condición de que, en
cuanto a mí no haya acción transformadora necesaria; yo, desde ahora
estoy apto para integrarme a un orden nuevo y más justo: conmigo las
cosas no "suceden con tanta facilidad". Así que, pese a sus
protestas de responsabilidades asumidas, de un plumazo el escritor
se exime y se excluye del proceso de revolución y de transformación.
Por tanto no se inquieta mayormente en averiguar por qué le "suceden"
ciertas cosas, por qué no le es fácil reunir en una pieza al
escritor y al revolucionario y sí le es posible, al artista que
revoluciona su oficio y al hombre que es, sin conflicto de necesaria
transformación. Ni pierde el sueño en preocuparse por resolver tales
perentorias urgencias en actos literarios concretos, y si lo hace es
en sus declaraciones. No se pregunta de dónde procede ese hecho, su
propio ser de escritor según determinadas premisas, y de facto se
considera fijo e indestructible como marcado por voluntad divina. En
una palabra: es el escritor que se limita a creerse ajeno al gran
proceso o apenas a integrarlo en calidad de mentor. ¿Qué otra
interpretación cabe a la afirmación del porteño de que "estamos
necesitando los revolucionarios de la literatura, más que los
literatos de la revolución"? En tal concepción, el literato es el
mentor que discurre sin integrarse al gran cuadro en que se inscribe
como uno más y no precisamente el decisivo, si es que tal existiera.
De tal modo que, al abordar la realidad, la aborda desde afuera,
como un cronista fantasioso y rico, eso sí, un rico e inteligente
cronista, el brillante guía para conocer un mundo desde todas sus
posibilidades creadoras plenas e indisimulables. Al respecto dice
Julio Cortázar: "mis cuentos no solamente no la olvidan -a la
realidad- sino que la atacan por todos los flancos posibles
buscándole las venas más secretas y más ricas". Exactamente definida
la labor que le cabe al escritor aunque salteándose el rubro de las
motivaciones. ¿Qué venas buscar? ¿Dónde buscarlas? ¿Para qué
buscarlas? El moderno pensar revolucionario, junto con afirmar el
carácter cognoscitivo del arte, ha señalado con razón su voluntad
transformadora. He aquí pues la opción permanente del artista que
sostiene cumplir sus responsabilidades para con la revolución. No
más que dos posibles caminos y consiguientemente más preguntas. ¿En
qué clase social buscar las venas? ¿Qué valor de transformación
comportan las venas exploradas? ¿Venas para cambiar al mundo o para
preservar un status de dolor y de infamia? Aunque obviamente la
realidad no se ofrece al escritor como un algo monolítico y
descifrado, el proceso de exploración exige a mi modo de ver una
intención, una elección ideológica y vital.
Ya no puede escribirse más, como hace Cortázar y hacen otros sin
decirlo tan brutalmente que "una literatura que merezca su nombre,
es aquella que incide en el hombre desde todos sus ángulos... que lo
exalta lo incita... lo cambia... lo hace en realidad más hombre"
etc., con tal ligera imprecisión. ¿Acaso existe ese "hombre" en tal
grado de abstracción, esa pura entelequia por encima del hecho que
enfrenta a las clases sociales antagónicas? ¿Hay en alguna parte ese
ente maravillosamente capaz de pasar por alto la contradicción que
desgarra cuerpos y mentes humanas irreconciliablemente antagónicos
como clases? Nadie olvida las viejas respuestas a este planteo
superado por la experiencia de la práctica política, social y
literaria. La ponencia de Cortázar en nombre propio y de terceros al
uso, es un viejo cadáver que huele ni más ni menos que a una rancia
podredumbre de siglos, rebotada como desde una cancha de pelota. El
viejo cadáver que en estos días que corren` solemos distinguir con
nuevo nombre -sectarismos aparte- es el del individualismo de la
pequeña burguesía ilustrada que alienta pretensiones ecuménicas
referidas a su propio ombligo.
Nuevamente Cortázar -un ser tan inteligentemente original como
nefasto para la causa que declara defender- da en el justo centro y
nuevamente se saltea las opciones: ¿Qué hombre exaltar? ¿Qué hombre
incitar? ¿Qué hombre hacer más hombre?
No es dudoso para muchos artistas latinoamericanos -recordemos la
estatura poética humana y revolucionaria de Javier Héraud- que se
trata de exaltar al hombre revolucionario en el terreno de lo
práctico social y político, se trata de incitar y de hacer más pleno
en el mismo terreno al hombre de una clase -por extracción o
identificación- la clase oprimida. ¿Y para qué? Para ayudarle a ver
más hondo en su propio ser y en su propia tarea a cumplir. Pero es
claro que sólo en estrecho contacto con tales hombres de tales
clases, de tales hombres exigentes y morales, en el íntimo contacto
de la tarea cumpliéndose, sólo podrá expresar, no aquello que el
artista ha creado desde su individualidad desgajada, sino lo que ha
creado desde su fraternidad, desde su humilde identificación con el
gran protagonista.
Corresponde señalar que en esta aseveración no hay velado reproche
al voluntario exilio cultural de Cortázar: todo el mundo es patria
según con quienes se viva, para qué intereses se produzca, a
diapasón de qué clase se piense y se actúe.
También es cierto que la obra revolucionaria que, pese a todo,
Cortázar parece querer, exigir o preferir "no se fabrica solamente
con buenas intenciones y militancia política" como afirma el
novelista. Con tales palabras lo dice y es justo lo que afirma. Pero
tampoco es menos cierto, ni menos importante que la obra
revolucionaria no se realiza sin buenas intenciones y sin militancia
política. A menos que lo adjetivo -lo revolucionario- se descarte y
con ello todo el sentido de esta amistosa controversia.
Porque es justo lo que afirma Collazos de que somos -los actuales
escritores latinoamericanos- "incapaces de responder en actos
culturales, en la misma medida que el continente y algunos de sus
hombres, han respondido en actos políticos". Vallejo -traído a
cuento por Cortázar- preveía con razón, un "balance desastroso para
su generación", balance desastroso que también puede adelantarse
desde ahora y en general, para la generación de los literatos del
continente que bordean en más o en menos los cincuenta años y la
publicidad. No es injusto afirmar que "Cien años de Soledad" por
ejemplo es precisamente esa respuesta inferior en el plano cultural,
por su inoperancia ante las exigencias de la hora y por su morboso
escapismo cómplice.
A esta altura se hace forzoso un alto en nombre de una necesaria
postulación clarificadora. Dice Mao en sus "Charlas de Yenán": "La
característica común de la literatura y el arte de todas las clases
explotadoras en su período de decadencia es la contradicción entre
su contenido político reaccionario y su forma artística". Es
precisamente esa misma forma artística que un día deslumbró a
Cortázar encarnada en Borges, su mecanismo mental e implacable
rigor, la que le lleva a pasar por alto la denuncia de terceros
sobre la personalidad políticamente aberrante del viejo escritor
oligárquico.
Y es justo que se le niegue como escritor, porque como escritor
revolucionario -que es lo que interesa a los fines de la
transformación- Borges es estéril, es decir no existe. Quede la
tarea de exaltarlo a la oligarquía a la cual sirve eficientemente y
con toda su inteligencia y lucidez.
Al pedir una unidad esencial y dialéctica en la obra de arte que nos
compete por exigencia de este tiempo, pedimos junto a la aventura
del arte y del lenguaje, precisamente su "buena intención" y su "militancia",
pese al desdén culto que tales presupuestos puedan generar en
ciertos círculos literarios al uso editorial. Lo bueno y lo malo de
esta historia -maniqueísmo aparte- es lo bueno y lo malo que ayude a
cambiar, a destruir a revolucionarizar, o que ayude a perpetuar, a
asentar a afirmar un orden cuestionado con los hechos.
Hay un hombre común, de una clase social común, que refrendará este
utilitarismo revolucionario, por más que una dorada "intelligentsia"
crea estar por encima del pueblo común, por encima del bien
intencionado común y del generoso militante común.
Si es verdad que la buena intención, que aunque imprescindible, no
basta, tal cosa no implica sostener que la obra de arte
revolucionaria no sea además -como dice Cortázar- "el fruto de una
larga obstinada confrontación con el lenguaje... la realidad verbal
que su don de narrador utilizará para aprehender la realidad total
en todos sus múltiples «contextos»".
Aún cuando Cortázar lo niegue, su propia literatura, toda literatura
que se oriente con premisas semejantes a las expresadas en su hacer literario, descartada la
intención teórica, servirá en los hechos, no a la revolución que se
dice defender y con la cual se declara existencia de compromiso,
sino a la perpetuación cultural de una clase afincada en la infamia
y a esa infamia misma en tanto hecho social concreto.
El artista revolucionario es utilitario -como ha dicho el maestro
chino- pero no en el sentido del utilitarismo de las clases
explotadoras sino en un sentido proletario y revolucionario, en el
sentido de pertrecharse para combatir mejor en todos los terrenos.
Otra vez nos acecha el dilema de lo bueno y lo malo, en el sentido
moral y político. ¿Bueno, para qué? ¿Malo, para qué? Quienes se
proclamen revolucionarios y por consiguiente materialistas pondrán
el énfasis en el efecto obtenido de la literatura y quienes
chapaleen el barro del idealismo individualista lo pondrán en el
vago móvil de una revolución en el plano de lo artístico que
redundará en lo político pasando por aquel "hombre" abstracto "promovido,
estimulado, exaltado".
No podría negar el valor de la literatura, porque mi larga
persistencia y paciencia en arte tan desleal y escurridizo como la
poesía, es prueba suficiente, pero creo que debemos ponerla en su
justo terreno auxiliar, a la vez que precavernos contra la idea de
que literatura y revolución pueden hablarse de igual a igual.
Así como Cortázar reprocha a Collazos confundir los territorios de
la literatura y la lucha política, nosotros le reprocharemos a
Cortázar y a sus semejantes no confundirlos lo bastante, aún en el
orden de las necesarias prioridades. Tan ciega es la postura
incriminada, que Cortázar llega a afirmar que es falso y peligroso
situar los actos culturales por debajo de los actos políticos
concretos de nuestro continente.
Aunque es cierto que no comenzará la literatura el día hipotético en
que la revolución se haya logrado, no habrá revolución verdadera en la literatura, si no es en
medio de una revolución socio - económica. No hay redención ni
desalienación para el artista -ni para su técnica ni para su
lenguaje- si no media la revolución en el terreno de la base y si la
propia literatura no es sometida a investigación -como decía Brecht-
en el proceso de la propia revolución en todos los frentes_ de la
vida. Y en ese proceso es bien posible que se incurra en obras
menores o aún francamente deficientes. Las tensiones que esa
búsqueda en medio del proceso revolucionario acarree, no serán
tensiones en el seno de "las sociedades socialistas", como afirma
Cortázar, sino tensiones dentro del mundo del intelectual tributario
de concepciones ideológicas y políticas conservadoras o
reaccionarias.
No nos engañemos. Toda esta moda que agita y es agitada por el
viento editorial -a su vez tributario de ciertas clases por interés
propio o interpuesto, o por requerimiento de supervivencia en una
selva de alienación- no es sino el coletazo del gran espasmo de una
sociedad en agonía, aún cuando -como señala Mao- como obra de arte,
se nos ofrezca en atuendo de deslumbrante pero corrupta belleza.
Y he aquí lo contradictorio y sorprendente, lo dialécticamente
sorprendente. También de la técnica de esta literatura tiene el
artista revolucionario que aprender y tomar. La cultura -como se ha
dicho es una continuidad en cuyo devenir nos inscribimos
dialécticamente y cuya herencia hurgamos pragmáticamente, a los
fines que nos convenga como clase o grupo de clases entregados a
resolver una contradicción antagónica.
Controvertir una literatura no es descartarla totalmente, es
enfrentarla en su contradicción, empleándola para la empresa de otro
hacer que se reputa más urgente y necesario. Con tal sentido de
continuidad pretende presentarse este libro, insertarse en una
literatura que está siendo, aún en aquellos acentos de su tiempo que
coloca en el plano de controversia. Padece por lo tanto, junto con
limitaciones imputables a la capacidad del autor, otras que toman
raíz en su condición cultural tributaria, en lo mayor, de la pequeña
burguesía, pero son a la vez el fruto contingente de una parte de
este proceso de transformación que nos va implicando en carácter de
agonistas parciales.
Aquí en mi país, en nuestro continente, con lo que me toca de dolor,
de odio, de muerte, de vejación y de decisión de aventar tanta
infamia, nacen estos poemas. Nacen de tal práctica social urgente e
irrecusable.
Van disparados en ráfagas sucesivas porque el poeta ya no puede
aventurarse en este mundo si no es pistola en mano, ni tampoco
mantener el índice paralítico ante tanta corrupción y dolor como nos
duele en el ámbito de la patria y del mundo.
En tales condiciones estos poemas aspiran al destino de objetos de
uso en manos de quienes quieren liquidar un estado de cosas que
arrasa con el hombre mejor -no al hombre en abstracto que incluye al
dueño del banco y de la tierra- ese divino impaciente que con su
trabajo movilizará el "ala fúlgida" que al decir de Luis Cernuda, "segó
como una hoz los cuerpos poderosos".
Ofrezco pues, un libro contingente y ocasional. En tal sentido debe
tomarse como una herramienta, como un martillo, una tenaza o
-¿por qué no?- una pistola, objetos todos que sobreviven
maravillosamente pulidas por la mano, o se quiebran si su temple no
alcanza al esfuerzo que su tiempo les exige con toda razón.
SC |
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PRIMERA RÁFAGA
El poeta se apresta ante pares e impares
a decir poesía desagradable.
El poeta considera que ahora en este punto
la llamada protesta
si no afecta en carácter de cosquilla
el sentimiento de los poderosos
menos sus intangibles intereses.
Suele el rico citar a los cantores
y les ofrece magnánimamente
radio televisión y prensa grande.
(De ahora en adelante
se trata de emitir nuestros mensajes
entre nosotros mismos,
con el manejo de un lenguaje nuevo.)
En consecuencia y en verdad el poeta
se propone ser bien inconveniente
para algunos
y poderosamente revulsorio
para otros.
En tal caso se expone a ser negado
censurado encarcelado golpeado
y de ser acusado al mismo tiempo
como compinche de desagradables
veraces contumaces permanentes
proveedores de hierro y exigencia.
(Cacheteado por unos
y exigido por otros
el poeta no funge desgraciado.)
FUEGO DE TUPAC AMARU
A Tenondé
Según apuntaciones de las crónicas
descuartizado roto desmembrado
degollado deslenguado
otros ciegos feroces quisieron apagarlo
definitivamente y para siempre
con su mujer la brava Micaela
y sus hijos la sangre de estas sangres.
Otra vez redivivo cuando despierta el pueblo
americano al fondo de su ancestral hondura
indio mestizo cholo o simplemente criollo
claro que no por sangre definido
sino por altivez ante la dura
dureza de los fieros que te oprimen,
Túpac Amaru vuelve y se presenta
con este rostro actual con ese hierro
ese bastón esa coraza que tú sabes
ese lenguaje que conoces.
Con ese ser actual que un cagatintas
o un ministrón garcía un parachueco
soldadote francés protogorila
o cualquier director de la manana
condecora de nuevos insultos a la espera
de hacer lo que los otros infligieron
al cuerpo de Túpac que hoy se levanta.
Pero aquellos cayeron condenados
no solo por el tiempo, por el hierro
de otros nuevos gabrieles, de otros firmes
decididos al hierro vengativo.
Y esos ciegos de hoy no menos crueles
padrinos de lo viejo lo podrido
lamedores del agua del oprobio
seguidos de los dobles tiratiros
de la ciudad a la estancia
y hasta el lujo ofensivo del retrete,
¿en qué ley, en qué apoyo
en qué destino esperan
recibir como don mejores suertes?
El golpeado de antes y de ahora
Túpac Amaru, la verdad al cinto
al corazón las voces verdaderas
y la verdad a la razón terrible
vuelve a decir de nuevo su palabra
su segura palabra
su última palabra
nuestra palabra última
la palabra del acto.
A PROPOSITO DE DEUDAS
¿Quién va a pagarme ahora estos jornales que desde hoy se me adeudan
por el uso abusivo de este día?
Son veinticuatro horas netas de este día
que sin que yo aceptase, dispusieron
para el oprobio, el puro manoseo
la suficiencia ignara del tiratiros joven
el de la pistolita.
Su nombre: sí señor
su oficio: sí señor
y sus medios de vida: sí señor
y la constitución de su familia
y qué hizo tal día y tal y espere
y espere más y espere, sí señor.
Si no bastaran ya las deudas generales
que un puñado de déspotas sutiles
conmigo en el conjunto han contraído
ahora tengo en mis cuentas personales
tres jornales de odio que me deben.
De acuerdo con las leyes que ellos mismos
los feroces y dulces enemigos
servidos de sus pobres servidores
han decidido democratísimamente,
dieciséis de estas horas invertidas
en esperar nomás
en meditar nomás
en prepararse más
se abonarán contado y duplicadas
al ser sobre el jornal, extraordinarias.
Se cierra este reclamo:
Se me deben cinco jornales netos
de odio de indignación
y de justicia
pero yo sé a quien debo
reclamarlos.
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CARTA A LA MADRE
Viento y nieve aventaron las diez bocas que fuimos...
Tu Fu
Madre vieja y dulcísima, mi madre
la madre que soñaste a este hijo errabundo
el día de su llegada un destino de artista...
y se fue de tus manos alejándose.
Adónde irá a parar no preguntaste.
Qué mundos acechantes
en un mundo de estrépito y lucha no advertiste.
Firme en el corazón me suponías
débil el cuerpo y el afán tal vez.
Porque se fue _aquel hijo concebido una noche noche
de amor que nunca maldijiste aunque eras madre pobre de poeta.
Al cabo en lentos días, en rueda de hondas noches
trajinados enseres menesteres desconcertantes luchas
que apenas comprendías o sabías
para quedarte sola en tu rincón acaso,
ésa era la respuesta que el pobre te ofrecía.
¿Pero no piensas madre que este hijo
te llevó siempre desde su corazón hasta sus versos?
¿No piensas madre cómo entre los sueños
viniste a fatigarle en sus angustias
por cuanto en el solar te amenazaba?
¡Cuánto día en tu memoria consumiera, cuánto penar de errante
cobijara,
madre, andando en un mundo fragoroso!
También hechos de viento vieja madre
nos perdemos huimos, la sangre consumimos
y un hombre un nuevo mundo nuestra ansia solicita.
al cual por la justicia apostamos la vida
y arriesgamos la nada que tenemos.
Solo desgajamiento madre en pago
del destino que un día fue elegido
por tu hijo y su prole generosa
que aunque lejos seguro no te olvida
hijos de una familia más amplia y generosa
la única segura del futuro de un día.
A veces dices madre que te duele la vida
y en tu dolor también nos duele el alma.
Y a ese doble dolor ese triple ese múltiple
es el mismo dolor que tu gente combate.
Recíbeme dulcísima recibe al hijo pobre
que vuelve como pájaro emigrante a su suelo
que vuelve solamente a tu presencia
no porque tenga cosas terribles que decirte
y que aún su horrible corazón cobija
sino porque le alcanza estar de pie a tu lado
así por un momento el solo mínimo
minuto que nos damos pocas veces.
Escúchame sostiénete recibe el homenaje
del hijo viejo, él también castigado
por otras lacerantes desventuras
pero con fé cedida en un futuro
que aunque alentando vida está dejando sangre
que va dejando muerte en el camino
hasta parir la vida verdadera y segura.
Madre, son otras horas estas horas.
Madre, aquella familia que antaño congregabas
pudo ser lo que fue en aquellos días.
Hoy se abrieron los cauces
quienes sirven al pueblo de una parte
quienes a los verdugos asociados
pues se aventó en la lucha
la estructura que entonces parecía
la construcción eterna de los dioses.
Desde esta guerra, madre, te miramos
aún lejanos de tí sostenemos un sueño
donde también estás aunque no sepas.
No me recibas madre adusta ni sentida.
Si vengo a ver que estás y que miras
también los combatientes conmigo te saludan.
Y por ellos tu hijo guarda el poco
que al fin final
les quedará en las manos. |
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